miércoles, 3 de octubre de 2007

Mega record a la criolla

Fotografías: Megasancocho. FRANCISCO PEREIRA panchoper@gmail.com

Su olor se confundía con el hedor que provenía de las aguas turbias, achocolatadas, del Río Guaire —colector de las innumerables quebradas de Caracas— La piel, pigmento heredado de los ancestros del prieto Barlovento, acentuaba el color por las manchas producto de la mezcla del sudor y hollín. Farfullaba sonidos que no parecían ser de este mundo mientras deambulaba descalzo por la autopista y calles del centro de la ciudad. Su conciencia permanecía en el presente, resolviendo los problemas inmediatos; comer y dormir. Los ojos vivaces contrastaban en su rostro, atentos al encuentro del alimento anhelado. Vivía al margen del río, al lado de un guayabo y bajo tablones de madera. Los días de lluvia rogaba para que no se mojara la caja de cartón que le servía de colchoneta. En las noches cobijado con el periódico, recibía el calor de las noticias pasadas. Dormía bajo el negro cedazo cenital que filtraba chispas plateadas de esperanza. Sus únicos bienes, tres topias y una lata vacía de manteca que le darían el reconocimiento mundial inesperado.

Poseía la habilidad para seleccionar los mejores ingredientes que conseguía hurgando en los botes de basura del Mercado de Quinta Crespo; verduras, legumbres, huesos de pollo descarnados por los expertos carniceros y trozos de de carne que se disputaba con la pandilla de flacos, huesudos y malhumorados perros orejudos, guardianes del basurero. A Ramón lo respetaban sus compinches de mendicidad, le apodaban “El Chef” porque tenía el don divino de cocinar con una sazón sin igual el sancocho diario que les mitigaba el hambre. Fue lo único que le dejó su madre cuando de niño la acompañaba a cocinar a orillas de la playa.

A final de la mañana, Ramón llegaba al “club” (como llamaban los medigos al sitio de encuentro) con el saco repleto de ilusiones. Bajo el frondoso árbol de Caucho, en el ribazo del río frente al Parque Los Caobos, se distinguían “las enérgicas”, así llamaba las tres topias que resistían el fuego transformador de la materia y mantenían en equilibrio universal la lata para cocinar el sancocho.

Fue la misión estatal “Negra Hipólita”, quien descubrió el talento de Ramón. En la necesidad de ofrecer resultados a la opinión pública, lo reinsertaron a la sociedad apoyándolo en lo que le gustaba hacer, cocinar. Allí, un colchón lo sacó de su presente al brindarle sueños de futuro. Se enamoró de Rosalinda, cocinera voluptuosa, con cuatro hijos levantados a punta de fogón. Vivieron en su rancho de La Charneca a quinientos treinta y tres escalones de la entrada del barrio. Se convirtió en padre de su primera hija y se dio a conocer en el suburbio por sus dotes, todos los días preparaba una olla “mondonguera” de sancocho, vendía la ración a dos mil bolívares.

Para mostrarlo como un logro de reinserción social y convertirlo en un icono de la Revolución Bolivariana, el Ministerio para la Alimentación lo propuso para cocinero en un evento que se realizaría en la Avenida Bolívar, y certificaría el Libro Guinness de records mundiales. “El sancocho más grande del mundo”, donde seiscientas mil personas degustarían la preparación de Ramón. Los venezolanos por más de diez mil litros se disponían a pulverizar el record que ostentaban los mexicanos.

Se proporcionaron los volúmenes necesarios de ingredientes según las especificaciones de Ramón y dispusieron dentro de la gran olla de acero inoxidable de cinco metros de alto; Dos mil kilos de carne de res, tres mil de pollo y seis mil de verduras mezcladas; papa, jojoto, cebolla, zanahoria, apio, ocumo, auyama, ñame, plátano y yuca. Ciento veinte kilos de sal, cuarenta kilos de ajo, innumerables atados de hierbas y diez mil litros de agua.

Ante descomunal tarea, Ramón pensaba —Como se echa pa´lante, de hacé sancochos en el bolde del Guaire, a orilla de la autopista en una lata e manteca a hacelo en la cera de la principal avenia de la cuidad, lleno e gente, fotógrafos y periodistas de televisión, ¡Ja!..., quien lo iba a deci, ¡yo famoso! — Llevó para la avenida sus inseparables, cabalísticas y energéticas topias que como granos de arena lucían disminuidas ante la gigantesca olla tecnológica de acero inoxidable.

A las once de la mañana se presentó para certificar el evento la representante del Libro Guinness. Rubia, de ojos color esmeralda y sin conocer el castellano. Le ofrecieron un “China were” lleno de sancocho el cual miró con el recelo de quien solo bebe agua Evian cuando viaja a países folklóricos.

—¡Eat miss, eat, good soup! Con una sonrisa complaciente insistía el representante comunal.

Observó el caldo envasado en un pote en el que sirven arroz para llevar en los restaurantes chinos. Tomó la cucharilla plástica y con unos golpecitos escudriñó el caldo, apenas mojó sus labios percibió la sensación grasosa y salada, de allí no pasó, recordó las instrucciones de prevención sanitaria que le recalcaron en su país. Sin embargo, con un apetito voraz, los representantes del evento que le acompañaban, en un abrir y cerrar de ojos con criolla naturalidad se habían tomado la sopa con el casabe, espolvoreaban las migas como loros. Hacían gestos de aprobación con los ojos y afirmaciones lentas con la cabeza.

— ¡Este sancocho stá buenísimo!, en su justo punto e sal.

— ¡Y lleno e pollo! — expuso otro de la comitiva con la boca a medio llenar.

—Cuidado y ahora hablas portugués y bailas zamba, porque ese pollo es importado de Brasil— riendo respondió el secretario.

Jane impaciente observaba, su rostro reflejaba la necesidad de cumplir el cometido y volver a la piscina del Hotel Tamanaco.



Había quienes con gustoso y voraz apetito desgranaban las mazorcas de maíz, chupándose sonoramente los dedos y hasta lidiaban con algún grano impertinente alojado entre el incisivo y el canino. El vocal batallaba a dentelladas con un trozo de carne y el hueso, halando a tal punto de tensión que salió disparado sobre la mesa y de rebote en el plástico mantel rojo fue a parar sobre la planilla de evaluación de la señorita Jane. Sus ojos se asombraron, levantó la cara de niña y soltó una risa nerviosa.

—Sorry, Sorry Miss, I´m sorry— dándole unas palmaditas en el hombro, dijo el custodio que la acompañaba. Tomó el hueso y como jugador de básquetbol cobrando tiro libre lo hizo volar hacia el cesto de basura.

—Yesssss! — dijo bajito al encestarlo.

En las colas los asistentes reclamaban su sancocho gratis, la conformaban miles de personas impacientes, pálidas del hambre; ancianos, niños, adolescentes, policías, militares, indigentes, reservistas, vendedores, asistentes, auxiliares, músicos, obreros, mirones, todos dispuestos a la resignada espera de horas por un pote de sancocho, a fin de cuentas en esencia no había diferencia entre los compinches de Ramón y estos invitados. Una vez obtenían el añorado premio a la constancia y paciencia, lo degustaban con placer relamiéndose como gatos los dedos.

Ramón con una paleta y cucharón de más de cuatro metros de largo, orgulloso removía el concentrado y llenaba las ollas mondongueras que sujetaba Rosalinda junto a su asistente, estas servían para repartir el caldo a los desesperados comensales.

A medida que la digestión procesaba el caldo este hacía sus efectos. Un olor ligeramente sulfuroso inundó la avenida. El cuerpo de Bomberos Metropolitanos recibió una llamada y se puso en alerta. Unidades con sus sirenas y destellos de luz en las lámparas cocteleras se hicieron presentes, revisaron la zona y descartaron un posible escape de gas. En la avenida y sus alrededores, sonidos similares a trompetillas y trombones se escuchaban acompañados de lamentos por los movimientos intestinales característicos de una inadecuada asimilación de alimentos.

Las visitas a los baños portátiles aumentaron su frecuencia. Las colas se prolongaron y el público con retorcijones estomacales exigía rapidez gritando a los usuarios de los sanitarios. Mientras tanto, Ramón sudoroso y aún con fuerza en sus brazos elevaba con emoción el gran cucharón para extraer caldo de la olla.

La reposición del papel sanitario en los baños exigía rapidez. La emergencia suscitó habilitar un terreno anexo a la avenida. Dividieron en un área para damas y caballeros a fin de cumplir con la necesaria e inevitable deyección en masa. Se gestaba la gran torta.

Paramédicos suministraban Caopetate, Pectobismol e hidrataban a los asistentes a fin de contrarrestar los desagradables desajustes estomacales.

La multitud enardecida comprimiendo su esfínter, con palos y cuanto objeto contundente conseguían a su paso, exigían que ahogaran en el sancocho al cocinero.

Ante la turba ofuscada que se le avecinaba, Ramón soltó el cucharón y de un brinco cayó al piso y echó a correr. Sintió un fuerte golpe en cráneo que le hizo trastabillar, tocó su cabeza, apreció la húmeda y viscosa sangre. En su huida una de sus topias lo había impactado.

Ramón “El Chef”, ahora con siete puntos en la cabeza, decidió volver a vivir en su presente, en el “club” con el aprendizaje del pasado en haber sido utilizado y sin pretensiones de futuro, a orillas del Río Guaire, con sus tres nuevas topias, la lata de manteca, el guayabo y nada de tecnología.

Mientras Jane llenaba las planillas, pensaba hasta donde puede llegar el ser humano o un gobierno a fin de satisfacer su ego sólo por aparecer en un libro donde la mayoría de sus logros registrados son banales, fútiles. No desperdició la oportunidad de incrementar el número de records, certificó dos eventos en un mismo día; El Sancocho más grande del mundo y la mega torta colectiva, de los cuales Ramón fue la estrella.

6 comentarios:

Gaby del Río dijo...

Hola, francisco!!! Bueno, antes que nada, quiero decirte que me llevé la divertida de mi vida leyendo tu post, además de otros sentimientos que se despertaron..jeje...

Y en segundo lugar, quiero agradecer tu paso por mi blog y tu comentario....creeme yo también te agregaré...porque el tuyo es uno de los blogs que vale la pena visitar.....aún me falta mucho por leer, pero me pondré al día.

En cuanto a lo que mencionas sobre el blog de mi hijo, te agradezco mucho, espero que para tu hijo sea también algo maravilloso....ya se podrá abrir una red de bloggers kids...jeje, porque casi no los hay, y la verdad es que no me gusta que mi hijo ande entrando a mi blog, sobre todo por los contenidos que a veces tengo...me gustaría que visitara blogs de niños como él....pero bueno, ya estaremos descubriendo más..

Por el momento te dejo un fuerte abrazo.

:)

Anónimo dijo...

Hola Paco,

Te felicito, muy bueno tu post del mega-sancocho. Además, investigaste cual periodista sobre todo en lo referente a Ramón el "chef". Sin embargo, no pude terminar de leerlo, no tengo estómago para constatar una vez mas la miseria que nos arropa. Esa larga cola de gente hambrienta queriendo comer, después de varios días sin hacerlo me produce una mezcla de indiganción y escalofrío; especialmente ante la andanada verbal de este gobierno diciéndole al mundo que aquí no hay pobreza.

Claro, lo mas destacado de este infortunado evento es la falta de consistencia de los robolucionarios: mega-sancocho pa´l pueblo pero qué ganas de salir en el libro Guines!!!, una de las muestras más categóricas del imperialismo yanqui ¿0 no?

Mitchele

Mariale divagando dijo...

Pasando a saludar...

Anónimo dijo...

Por Dios !! que asco de sancocho! cuentame una cosa las fotos son tuyas, o sea que fuiste a probar el sancocho????
VG

Francisco Pereira dijo...

Gaby
Me contenta que te divirtieras con el cuento, hubiera querido que el record que le quitáramos a ustedes los mexicanos fuera otro, con sabor y olor a cultura, tecnología, en fin...pero así andamos.

Mitch.
Si no tenías estómago por la indignación para terminar de leer la historia, menos mal que no probaste el sancocho...jajaja

Mariale
Gracias por tu pasada por el telar, siempre bienvenida

VG
Esta historia salió porque me fuí a tomar fotografías del evento, sentí que había que vivirlo y fotografiarlo, datarlo para la posteridad. Deambulando por la avenida, hablando con la gente, viendo sus carencias y necesidades y la tamaño del populismo se me ocurrió friccionar la historia que acabas de leer... y sí, probé el sancocho!, un poquito grasoso y salado... jejejeje

Pancho dijo...

Na'guaraaa de sancocho!
Si a mi me impresionaban las ollas del comedor de la UCV no me quiero imaginar la usada para este megasancocho! :-s

Como siempre las incongruencias de esta "revolución", por un lado se lanzan improperios contra "el imperio", pero por otro quiere aparecer en el Libro Guinness de Records ¿¿??

En fin un poco más de lo mismo, pero sigue siendo cierto eso que decían los Césares "al pueblo pan y circo", para constatar que lo único que se necesita para tener el control sobre el pueblo, no es la democracia, ni los derechos, ni educación, ni siquiera justicia... tan sólo darles de comer y entretenerlos.

Un abrazo primo y que valiente eres para probar ese sancocho :-)