domingo, 10 de agosto de 2008

Mango bajito

Fotografía: Mango - Cropped Version VELACHERY BALU
El ulular de la sirena se escucha cada vez más cerca, vecinos curiosos se van reuniendo, los faros rojos y azules de la ambulancia se asoman en la perspectiva de la calle. Hay quienes dicen que le pasó por bruto, otros que era ladrón, unos, por atrevido, y no falta quien se apiade de él y comente; pero si es un pobre hombre. Acostado en el suelo, con la mirada agónica, sólo tenía fuerzas para sujetar con su mano la bolsa plástica a la que se aferraba.

Vive a orillas del río El Valle, en el ribazo, debajo del puente Los Chaguaramos. Entre dos pilares, unos cuartones de madera sostienen las improvisadas paredes de cartón. De la cuerda de nylon guindan ropas húmedas, roídas, desgastadas por el tiempo. Un olor estomagante acompaña el agua turbia y arremolinada que se desplaza río abajo, llevando consigo parte de la diaria historia del sur oeste de la ciudad.

Los pilares cuatro y cinco los ocupa su amigo Pepe. Con él comparte historias, cigarrillos y la cocina; un fogón de cuatro ladrillos que sostienen una rejilla torcida. A un lado, trastes de aluminio curtidos y golpeados. Allí cocinan las verduras y trozos de carne que consiguen en los basureros de los restaurantes o los desperdicios que dejan los vendedores de legumbres en la avenida Teresa de La Parra.

En el andar por la ciudad sus palabras enlazan el día, hurgando papeleras, bolsas negras, extendiendo la mano a uno que otro transeúnte bajo un cálido día de cielo azul. El estómago de Pepe reclamaba las horas sin comida. Con desparpajo entró a una panadería en búsqueda de pan, pero de ella salió como perro espantado a palos.

―La comida te llega― le dijo Roberto ―se encuentra en cualquier lado, de algún modo tu boca la alcanza: la consigues en un basurero o extiendes la mano y alguien que se apiade te regalará un trozo de pizza, y hasta en una mata de mango consigues alivio . Soy pordiosero, mendigo, pero no de la sonrisa ni de la alegría. Te cuento que Matilde, mi mamá, durante mi embarazo, una de las cosas que más se le antojaba, era ir a comer mangos en un sembradío, al pié de la mata, en las afueras de Valencia. La fruta caía del cielo, amarillos, maduros, tibios por el sol. No hacía falta ningún esfuerzo para agarrarlos. Esa es la fruta que más me gusta, el mango de hilacha. Cuando estudié primaria; porque yo estudié hasta sexto, (porsiacaso no lo sabías) en esa época, en el instituto, cuando no tenía dinero para comer, aprovechaba el primer receso para recoger los mangos caídos en el patio, y algunos otros que guindaban en racimos, los apuntaba con una piedra o un mango verde y de un golpe los tumbaba. En el segundo receso, me sentaba a deleitarme de ese sabor dulce, amarillo, lleno de hilachas que me trenzaban los dientes, pintaban mis labios y enjuagaban las manos; igual que mi mamá. Creo que por eso hice resistencia estomacal a la fruta ya que jamás me dieron dolores de barriga y menos diarrea. De niño, en esa época nunca tuve hambre. Desde entonces respeto a los árboles de mango, me gustan, les doy las gracias por regalarme su fruta, ese hierro amarillo que luego se vuelve rojo en mis venas. Cuando veo un mango en el suelo siento que me llama a gritos, me pide que lo muerda, que lo saboree. Lo recojo, porque está allí para brindarme su textura suave, viscosa, jugosa, ese olor y sabor a trementina que tiene al halar con mis dientes la piel resistente, verde amarilla. Un mango, es un regalo que nos brinda la naturaleza, ¿no te has dado cuenta que la mata nunca se seca, siempre está frondosa? como si nunca se muriera.

Llegaron a una calle en la que habían árboles de mangos en los jardines de las casas y edificios, sus ramas frondosas ofrecían racimos cargados de la fruta.

―Roberto, vamos a tumbar unos mangos.

―Me trepo en la mata que está cerca del muro y agarro los maduros, cuando esté arriba muevo las ramas y los que caigan los recoges― dijo Roberto

Tomó una bolsa plástica, se descalzó los desechos zapatos, como un gato sus pies roñosos escalaron el muro y de un salto se apuntaló en el tronco. Las manos se hacían de las ramas, lento se acercaba a los racimos de mangos, uno a uno los desprendía, los colocaba en la bolsa. Las hojas lanceoladas que escondían de su vista los frutos, eran apartadas por los dedos acerados con largas uñas.

Un racimo de ocho mangos maduros, brillan con la luz naranja de la tarde, la brisa los balancea. Para alcanzarlos posó el pié en una rama. Su mano derecha agarró un vástago superior, tomó impulso y el pié perdió el soporte, quedó al aire. Con la mirada fija en el racimo, sintió el vacío; los mangos se alejaron, se escondían entre las hojas que cada vez se hacían más pequeñas, y la copa verde lentamente se distanciaba. Sintió un golpe en su espalda, los brazos cayeron sobre la tierra húmeda, su mano sostenía firme la bolsa. Los mangos, lejanos, se desvanecían en una oscuridad absoluta.

Pepe le gritó, pero no tuvo respuesta, pulsó insistente el timbre de la casa. Ante los gritos desesperados los vecinos se acercaron. Se abrió el portón del garaje y al entrar encontraron a Roberto tendido en el piso con la mirada perdida.

― ¡Aún respira!― dijo una señora sin atreverse a tocarlo.

―Coño no te vayas a morir, no me eches esta vaina― le decía Pepe arrodillado y con ojos húmedos.

―Esos desgraciados trataban de robar― gritó histérica la dueña de la casa.

Llegó la policía y los paramédicos. Hicieron preguntas, estabilizaron e inmovilizaron en la camilla a Roberto y lo metieron en la ambulancia.

―Señora, acompáñenos como dueña de la casa― le informó uno de los oficiales

―Ese mendigo no es nada mío― le espetó con desagrado.

―Pero mio si, yo le acompaño― Respondió Pepe, con las manos esposadas en la espalda a la altura de la cintura.

Pepe caminó pausado hasta la ambulancia, al pasar frente a la dueña de la casa la miró fijo a los ojos diciéndole;

― La diferencia entre usted y nosotros es que no somos mendigos de alma.

Entró en la ambulancia, veía el dolor en el rostro de Roberto. El paramédico se dispuso a cerrar la puerta cuando le dijo;

―Por favor me da la bolsa con los mangos, también son familia de Roberto


12 comentarios:

Luisa Elena Sucre dijo...

La descripción de la miseria me llegó con fuerza Pancho,hay tensión narrativa, un lenguaje preciso y efectivo... el final aun lo estoy procesando...

Mitchele Vidal dijo...

Me hiciste recordar una muchacha de servicio oriental que trabajaba en mi casa cuando yo era chiquita. Ella decía que NUNCA iba a comprar un mango, que ¡qué era eso de vender los mangos si en su pueblo se podrían a orillas de la carretera! Pero a los meses sucumbió, pudo más su nostalgia que su orgullo -suele suceder- y llegó con su bolsita de mangos comprados en el automercado...

Los mangos son sólo uno de tantos regalos que nos prodiga esta tierra de gracia.

Pancho dijo...

Desgarrador, crudo y real, no hay nada peor que quien esta mutilado por dentro o como escribes tu, ser un mendigo del alma ...

La historia me recordo una canción de Lennon que dice:

"You can go to church and sing a hymn, you can judge me by the color of my skin, you can live a lie until you die. One thing you cant hide is when you're crippled inside..."

Un fuerte abrazo primo

Oly Fuchs dijo...

Hola Pancho, una vez una muchacha de servicio de una vecina, se subió al muro lindero para agarrar unos mangos de mi arbol, por supuesto se cayó y me dijo, cuando la fuimos a socorrer:
-Sra. Olga, en realidad yo lo que quiero es venir a trabajar con usted, y no sabía como llamar su atención.
-Ah.

CAPSULA DEL TIEMPO dijo...

Los mangos...en la casa de mis sueños quiero un árbol de mango.

Al final todos mendigamos algo, no? algunos sólo comida, otros sonrisas y alma.

Un abrazo desde Bolivia.

mi despertar dijo...

Los mangos mi fruta favorita,los como a diariom la pulpa y los colores me fascinan.Lo mismo que tu escrito dulce e intenso

Anónimo dijo...

Muy bueno y con sentimiento, creo que debes corregir al final, creo que quisiste poner TAMBIEN SOY.

Waiting for Godot dijo...

Precioso, hermoso, fantástico relato. Me has enganchado. Me encantó. Me parece tan real, y a la vez tan universal. Besos. Gracias mil por este texto.

ASPASIA dijo...

Muchas veces los mangos saciaron mi hambre, cuando no tenía nada para comer. Tu historia ha sido excelente, gracias por compartirla, un tejido muy bien hilado. Es por ello que, contrario a lo que dijo el ánonimo creo que el final no tiene nada qué corregir. Exitos para usted.

Rodrigo dijo...

Excelente narración, una injusta realidad en esta ficción y el final, el final lo sentí, son de esos textos que te dejan mucha más que un momento de buena lectura

un abrazo, cuídate

mariadelcanto dijo...

gracias por estos mangos. Antes nunca los habría disfrutado tanto, ahora despues de mi corta estancia en el caribe, he posido saborear tu cuento. Ahora empieza la temporada del aguacate, no?
Me encantó la caída. Caí con él y me aferré a la bolsa.
Felicidades por el climax y ese final arrastrao hasta bien abajo y con diaologo.
Veo que los mangos paliaron tu sequía de escritura. ¡Bien por los Mangos!!! felicidades

Mariángel dijo...

POr eso cuando uno vé a un tipo bien parecido se les llama "es un Mangazo" jajajjaj..

Muy bueno este post!! Muchas veces nos las pasamos mendigando compañía, amor, Amistad, la verdad nosé cual es la peor!

Te dejo un telar de abrazo!!!!

Por cierto las fotos de esos mangos s ven riquiisimoss uhm!!