lunes, 17 de marzo de 2008

Castillo de Viernes Santo

Fotografía: Construyendo castillos de arena. IGNACIO BARANDALLA http://www.flickr.com/photos/barandalla/240920758/

Un avión era el brazo de Jonás, como esos que se ven en ascenso vertiginoso al llegar a Maiquetía. Lo extendía, rozaba su axila con el borde de la ventana del automóvil, lo hacía subir y bajar impulsado por la velocidad. Su mano ondeaba, jugaba con el horizonte del Caribe que se descubría maravilloso ante sus ojos. El calor húmedo comenzaba abrillantar la piel.

—¡El mar…el mar, mira el mar! — exultante gritaba, brincando en el asiento.

Para disfrutar el asueto, como era costumbre, la familia de Jonás se trasladaba a la “casa de la playa”, como la llamaban, a unos minutos del pueblo de Naiguatá. Cincuenta metros de arena y olor a salitre que trae la brisa marina la separaban de la orilla.

Pero si algo respetaba y hacia cumplir la mamá de Jonás eran las tradiciones de la Semana Santa, entre ellas, no bañarse en el mar el Viernes Santo porque quien lo hiciera se convertiría en pez.

Ese viernes en la terraza de la casa se escuchaba por la radio el sermón de las Siete Palabras. Jonás había volado en la hamaca, tocado el arpa que formaban sus tensas cuerdas, chuteado la pelota inflable de colores. En el patio, con una rama seca hurgó los huequitos en la arena para sacar cangrejos. Bajo la sombra de un árbol de uvas de playa en la cancha de bolas criollas, jugó con sus carritos en las carreteras de tierra. Apedreó el gato que sigiloso deambulaba por el basurero.

El día transcurría con un sol de marzo y un cielo que reventaba de azul. Jonás sentado en el descanso de la escalera miró a su izquierda una bandada de pelícanos, se desplazaban con un vuelo lento, suave, en formación. Abrió sus brazos, inconsciente los agitó. Su mirada los siguió hasta perderlos detrás de los espigados cocoteros. Un hombre aferrado al largo tronco, machete en mano tumbaba los pesados frutos. Cerca, tres niños corrían, se hacían al mar entre la espuma de las olas, en la seguridad que brinda la orilla. Sus morenos cuerpos brillaban y chispeaban reflejos de alegría. Se preguntó — ¿Y porqué no se convierten en pescao? —. El tintineo de las campanillas hizo que su lengua acariciara los labios y recordara la fría sensación y textura cremosa de un cono de mantecado. El heladero con su carro, sorteó la dificultad para salir de la arena, los listones de madera en el portón de la casa filtraron la silueta, luego se perdió tras el muro que protegía el tronco del almendrón, allí, tumbado entre hojas secas y raíces estaba el tobo, la pala y el rastrillo con el que construía fantasías en la arena.

La seductora llamada del mar es poderosa, más aún a esa edad en que se presentan los dientes de “paleta”. Con obstinación malcriada pidió ir a la playa para hacer castillos. Dudosa y resignada por tanta insistencia su madre aceptó.

—Eso sí, sin bañarte en el mar porque recuerda que es Viernes Santo.

Un salto de alegría. La sonrisa mostró dos hoyitos bajo sus mejillas y la simpatía de su encía. Las torneadas piernas de Jonás bajaron apresurado las escaleras, tomó el tobo, la pala y el rastrillo.

En el trayecto a la orilla de la playa, entre carreras y saltos, sus piececitos de empeine regordete, blancos, descalzos, flotaban en el calor de la arena. En las paradas, los infantiles ojos vivaces la escudriñaba con agudeza en búsqueda de caracolitos nacarados, conchas marinas blancas y piedras que el mar se había encargado de pulir y redondear sus cantos. El sonido seco del tobo se escuchaba al caer dentro cada trofeo.

El trajebaño anaranjado absorbió la humedad de la arena. Vació el tobo, colocó los caracoles y piedras a un lado. Animoso comenzó a llenarlo para formar las murallas. Atestaba el cubo una y otra vez, luego lo volteaba, le daba unos golpes, eran los baluartes. Colocó las piedrecillas y las conchas como revestimiento en los muros del castillo. El foso de los cocodrilos que lo protegía de enemigos ganaba espacio con cada extracción. Una repentina avanzada de espuma blanca tocó a las puertas del castillo. El frío se apoderó de sus nalgas y dio un salto con angustia, se retiró, vio su cuerpo, sus brazos. Recordó a su madre.

Una vez que la arena había absorbido al enemigo, su dedo índice estiró, sacó la liga del trajebaño que se ocultó entre sus nalgas, sintió el roce áspero de las piedrecillas en la delicada piel. Con la pala rehízo los muros, pausado los alisó. Incrustó más conchas. La invasión pirata dejó ristras de verdes algas que sirvieron para decorar el patio interior del castillo. De pié con la espalda descubierta, enrojecida, proyectaba la sombra del gigante que acechaba a los habitantes de su fantasía. El torreón marcaba el centro de la fortaleza, lo coronó con un pináculo de rama seca.

Sus manos comenzaron a extraer la arena del pozo para conectarlo con un túnel hacia el interior del castillo. Cauteloso, sin prisa, los deditos arrugados rasgaban las paredes poniendo a prueba la resistencia de la estructura. La sangre se le heló, el mar lamía sus tobillos, corría por los lados, invadió el interior del castillo cayó uno de los muros y el torreón se desplomó. La respiración se hizo rápida. La fría agua atacó su roja piel. Fijo la miró, no salían escamas. Recordó a su madre.

Llenó el tobo de arena y en fila fue vaciando una y otra vez su contenido para reforzar la muralla de los ataques. El mar con su vaivén acechaba. Unas manos de espuma avanzaron sin piedad, robustos puños de agua golpearon la sensible arena que se diluía. Las conchas, las piedras girando, eran arrastradas hacia el mar. El tobo, la pala y el rastrillo fueron robadas por quien decidido las llevó hacia sus dominios.

Jonás corrió tras sus juguetes. Las improntas que dejaba, al instante eran borradas por la empapada arena. Sus pies chapotearon el agua que invadía a la orilla. Recordó a su madre.

Sintió miedo. Pensó en la advertencia, en los juguetes, en el placer que sentía su cuerpo. Miraba a su alrededor, hurgó en el agua sin éxito. Una ola embravecida estalló frente a él, lo tumbó, lo revolcó. No había arriba ni abajo, un murmullo burbujeante llenaba sus oídos y sólo veía el negro de sus ojos apretados. Las manos vacilaban sin poder asirse, los pies no tenían apoyo. Su boca abrió espacio, saboreó el agua con fuerte sabor a sal. Sin contenerse inhalaba y exhalaba el oxígeno de los peces. Lo hizo varias veces y sin descanso, lento cedió la presión de sus párpados y vio como un mundo desconocido se abría ante sus ojos. Con asombro observó sus piernas y brazos, se tornaban de un color platinado brillante, reflejaba los rayos del sol que se filtraban desde la superficie. Con un movimiento brusco de cadera imprimió aceleración y observó un cardumen de peces que le seguía. El placer que brinda la libertad asaltó su cuerpo. Unos colores llamaron su atención, se sumergió a las profundidades y allí estaba el tobo, la pala y el rastrillo, al lado de extraordinarios castillos de rocas decorados con caracoles y algas.

Desde ese entonces, todos los Viernes Santo hasta el ocaso, en la playa, su mamá hace castillos de arena en espera que algún día el mar le devuelva a Jonás.


13 comentarios:

Anónimo dijo...

"...el mar lamía sus tobillos..." nunca voy a olvidar esa imagen, querido amigo.
leninperezperez.blogspot.com

Mitchele Vidal dijo...

Muy bonito pero muy triste...

Pancho dijo...

Hermoso post con un final triste. El comienzo trajo a mi mente muchos de las semanas santas en Camurí, los árboles de uva de playa, los huecos de los cangrejos y Leo y yo metiendo ramitas para que salieran, el telar de hamacas entrecruzadas por la mañana y también recuerdo que no nos dejaban bañarnos en Viernes Santo ;-)

Un fuerte abrazo primo, estoy pendiente de escribir en mi Blog...a ver si puedo publicar algo esta semana santa

Nos vemos en el espejo...

Juan Pablo dijo...

Chamito.

Está indo el cuento de Jonás. Logró enternecerme mucho y traerme esos recuerdos de castillos, piel enrojecida y particulas de arena entre las nalgas. Además las manotas de mi papá haciendose delicadas para no tumbar los torreones de arena.

La verdad si es triste, pero tiene una tristeza bonita, como de agua.

Un abrazo.

JUANCHO

Anne-Marie Herrera Nälsén dijo...

que cantidad de imágenes, de sensaciones, de detalles que traen recuerdos, sabores, olores. La libertad tiene ese precio, a veces... Jonas, como Solita, fue libre...

J. L. Maldonado dijo...

Aunque redundante debo decirlo: triste. Hermosa foto. Buena imaginería del texto.

ignacio dijo...

Bonita historia, llena de imágenes evocadoras. Eso sí, es verdad, el final es triste...

Muchas gracias por elegir mi foto para acompañar esta obra de arte!

Ricardo Tribin dijo...

Francisco,

El mar y los Castillos de Arena.

Esta excelente tu anecdota.

Un fuerte abrazo

Ibelis dijo...

Guaoo Pancho, está hermoso, lleno de buenas imágenes y recordé, con cierto estremecimiento, lo que mi hermana y yo experimentamos una semana santa, mil lustros atrás,cuando nos bañabamos con miedo de convertirnos en pecesitas...
Lo bueno es que lograste que,aunque es triste, Jonas se fuera feliz

carlota dijo...

Me he sentido Jonás, incluso en su transformación en pez... ha sido un placer ir leyendo cada línea, y bueno, estoy segura que para Jonás ahora el tiempo no existe, pero cualquier día de estos verá a su mamá desde lo alto de una ola, y volverá a su lado :). Precioso relato, Francisco. Un abrazo.

Ileana Hernández G. dijo...

Pancho de veras te superas cada día. Tu relato lleno de imagenes lo va llevando, hasta el final, con ansias de saber. No importa que el final sea un poco triste, la muerte siempre lo es, pero ésta tiene el color de la aventura y la ingenuidad de la niñez. Bravo.

Kiri_dido dijo...

Aunque triste final preciosa historia:-)

SoL LuNaR dijo...

luz...