
¡Donde hay flores hay vida! así decía Julián. Él disfrutaba de sus aromas y colores. Todos los viernes llevaba espigadas gladiolas y nardos a la casa, las ponía en el florero, en la mesa de centro para decorar el salón.
Miguelina, su mujer, le gritaba.
―¡Julián por Dios, hasta cuándo traes esas flores que huelen a muerto!
Desde hace tres años, Julián, los fines de semana, después que se marchan las visitas, sale en el frío silencio de la noche a buscar sus flores; de una en una las roba a sus vecinos y, entre crisantemos, caléndulas y el verdor de la grama las disfruta en paz.